Posteado por: Silvia Ochoa | mayo 28, 2013

PAPA, MAMA, ¿VAMOS A JUGAR? -EL JUEGO ENTRE DOS GENERACIONES-

Es conocida y frecuente la recomendación que dirigen a los padres, los especialistas en temas de infancia, para que ellos dediquen tiempo al juego con sus hijos, explicando que así, el niño  tendrá experiencias esenciales para su desarrollo mental y emocional. Tal vez por ello en el “perfil del buen padre y madre”, se ha incorporado la tarea de pasar algún tiempo jugando con sus hijos todas las semanas. Sin embargo observo que la propuesta: “¿mami, papi, podemos jugar?, a veces despierta en el padre y/o la madre cierta incomodidad por estar muy atareados, cansados o no saber cómo hacerlo, y es entonces que se genera una cierta de tensión por tener que jugar por deber, obligación o culpa. En estos casos, es frecuente ver cómo los adultos pretendemos “cumplir” haciendo la concesión de jugar, pero continuamos dirigiendo al niño en su espacio de juego, para ello nos valemos de un juguete didáctico u otro para guiar una actividad,  y así cumplir con el mandato, sin dejar nuestro rol adulto de dirigir al niño y luego volver a nuestras obligaciones. Sin embargo, sin disfrute en el juego, sin  compromiso emocional, no hay encuentro posible entre padres e hijos a través del juego. ¿Qué significa jugar para los niños?, ¿qué significa jugar para los padres?,¿qué dificultades sentimos los adultos en relación al juego infantil?. Sobre estos asuntos les propongo reflexionar.

¿Qué significa para los niños, jugar con sus padres?

A medida que crecen los bebés, descubren y se vinculan consigo mismos y con su entorno: observan sus manos, sus pies, rayos de sol que entran por la ventana. Al mismo tiempo que descubren sonidos, balbucean y se hablan a sí mismos. De estas actividades libres nace el juego como un fenómeno natural, que surge espontáneamente en el desarrollo infantil de los humanos, pero también mamíferos y de algunas aves.[1].

Cuando un padre o madre está involucrado con su bebé – sonriéndole, creando sonidos, haciendo reír al bebé – se convierten en el “primer juguete grande del bebé”. Padres que disfrutan de un contacto estrecho con sus bebés establecen un vínculo emocional al que el bebé aprende a responder. A través de estos intercambios, el niño descubre con placer a personas y  del medio ambiente a su alrededor. Pero, ¿qué pasa si un adulto no ve las necesidades del niño y le impone un tipo de juego y no sigue los intereses del mismo?. Si el adulto se impone en este espacio, no le permite al niño o niña usar su espacio de juego con libertad para descubrir y transformarse.

Cuando jugamos nos transformamos y establecemos un espacio ficticio en el que dos generaciones pueden “igualarse” y dejarse llevar por reglas y acuerdos creados para jugar: “Ahora yo voy a ser tu mamá y tú vas a ser mi hijita que me ayuda” le decía la pequeña Sofía a su mamá. Que enorme desafío emocional para un adulto, dejar de tener el control total, atreverse a dejar llevar por un momento,  jugar al “cómo si” y apostar a que soy un personaje determinado,  creer que el  otro, el espacio y el tiempo también se transforman. En el juego, el niño y la niña creen en su transformación y en lo que pueden lograr, a partir de allí, se van creando a sí mismos y van creciendo. Pero para que esto sea posible, es necesario que alguien que acompañe, otro que crea en la transformación y permitan con su mirada, con su actitud y con su palabra que se abran espacios, que se permitan y que no inhiban esa apuesta de quien quiere jugar. Es allí que el vínculo y la cercanía con los padres, los posiciona en un espacio privilegiado, como los primeros compañeros de juego de los niños y los que acompañaran sus primeras experiencias lúdicas de placer y descubrimiento.

Al jugar el niño (y el adulto) crean y a su vez se crean a sí mismos. Cada jugador puede diferenciarse y por lo tanto, “dibujarse a sí mismo”, jugar su propio juego. Al jugar “creen” que pueden ser un personaje, lograr cierta meta, construir puentes y deslizar los autos, aun cuando desde un  punto de vista estrictamente físico, no resista el peso. Existe cierta “irracionalidad”, donde hay  conexiones y ‘realidades’ que no resisten un análisis lógico, sin embargo son muy serios. Si ambas generaciones no se toman en serio el juego, se destruye ya que para jugar deben construir nuevos personajes, estructuras, movimientos. De esta manera, a través del juego, se recorta de la vida corriente, se cambian las reglas cotidianas y se construye un nuevo orden. Si tenemos en cuenta que el deseo es el motor del juego, en los adultos la primera encrucijada es que acepten jugar, que se arriesguen y se expongan a dejar el control de la vida diaria y dejarse llevar por nuevas reglas, creadas durante el juego.

Un padre y una madre que juegan con sus hijos, tienen el privilegio de conocer su proceso de desarrollo, las formas en que se sienten frustrados, sus niveles de tolerancia y la curiosidad y respuestas creativas. Esto no significa que en el juego todas las escenas que surjan son maravillosas y sin ‘problemas’, es precisamente en ese espacio que pueden surgir los conflictos más severos, los diálogos menos deseados.

En mi observación de vínculo de juego en la familia, pareciera que jugar con los bebés es espontaneo y frecuente en la interacción familiar, sin embargo, cuando los niños pequeños aprenden a ejercer su voluntad y se resisten a ser guiados siempre por los padres, las tensiones empiezan a aparecer y las relaciones de poder se pueden filtrar en los juegos entre ambas generaciones.

Las dificultades y posibilidades de los adultos al jugar con los niños:

Cuando se interviene desde afuera en el juego, forzando o exigiendo –aún con mucha sutileza- una modalidad de juego definida, modificando el rumbo del juego, exigiendo un tema específico, estamos frente a una distorsión del juego del otro y por lo tanto, estamos exigiendo que el otro adopte una forma de ser, un desarrollo, un crecimiento que tal vez no responda a las necesidades propias, sino a las ajenas, de aquel que está imponiendo un estilo diferente de juego.

Aquí está uno de los riesgos que se corre cuando solo se apunta a modificar el juego del otro en función del deseo de quien está afuera. Este es el riesgo de manipular el juego, llevándolo hacia objetivos que no son propios de niño explorador. Por eso, se hace necesario también revisar una y otra vez el estilo de intervención de los padres, que siempre tienen ventaja sobre los niños y deben limarlas para poder acceder a este espacio mutuo. Hay momentos, tiempos, situaciones específicas que requieren de la intervención del adulto para favorecer la continuidad del juego, cumpliendo un rol que sostiene, que acompaña, que alienta, que apuesta a que el juego pueda seguir adelante, y con él, crecer y ser. En este sentido, los juguetes que usamos los adultos para interactuar con los niños,  no reemplazan la interacción propia del juego, que permite el placer y la energía lúdica que se va generando en la relación humana.

Si no se logran crear estos espacios, se corre el riesgo de un juego (y por lo tanto de una vida) que no es propia, sino indicada por otro. En este sentido, el juego crea consensualmente las reglas de juego, rompiendo con las imposiciones de las reglas ya prescritas. El juego es un disparador de emociones que enseña la relación entre nuestro cuerpo y la realidad, entre nuestro placer y el de los demás, entre lo que deseamos y lo que podemos, entre el riesgo y la cautela, entre espontaneidad y planificación, entre competencia y cooperación, entre mi perspectiva y la ajena.

VAMOS A JUGAR, CUIDANDO DE:

 

– Entrar en su mundo: Y dejarse llevar por el niño durante el juego, sin perjuicio de poder aportar ideas y pautas que el niño pueda utilizar. Lo importante es que sea el adulto el que se adapte al juego del niño, y no pretenda que éste salga de él, para acomodarse a la realidad de los mayores.

– Sentirse participante: ya que desde la posición del espectador, no podrá entender el juego.

– Ponerse a la altura del niño: “comer” sopa de agua con una cuchara de 10 cm y creernos de veras que somos el lobo o la hija de la muñeca.

– Ayudarles a ejercer su libertad y creatividad: Permitiendo que sean ellos los protagonistas del juego y que sean ellos quienes dirijan el juego y determinen el rumbo.

– Respetar su tiempo de juego con nosotros: Hay que convertir este momento en un tiempo especial, donde no hay sitio para las prisas ni para ninguna otra preocupación.


[1]   Al respecto, recomendamos el interesante vídeo:

Imagen

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Responses

  1. Muy buen artículo!


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